Mil amantes... y cuando llego a casa vienes a revolver los pliegues de las sabanas donde te escondo y apareces al borde de la cama, en el límite donde nunca acabas de caer, al filo del olvido sin olvidarte y te instalas de nuevo maldito, en esta maldita cabeza. Entonces quiero hacer lo absurdo, que es ir contigo y en ese momento no me importa las horas que sean porque solo hay una hora, la de ahora mismo... en la que quiero ir a destrozarme contigo el corazón y a saborear el agridulce de este amor que vive en un lado, en mi lado... y lo asumo... no me quieres... y no me importa... porque en esa hora quiero sentir la felicidad que me produce destrozarme contigo el corazón.
Mil amantes, mil instantes de felicidad y cuando llego a casa vienes a revolver los últimos pliegues que le quedan a mi cama y te asomas y vuelvo a mi principio y mato con el sueño un nuevo día en el que tampoco me has echado de menos, en el que tampoco has tenido ganas de mi y aun así quiero hacer lo absurdo, que es quererte... y descubro entonces el amor menos egoísta que sentí jamás... El amar, el amar tan solo por el placer de amar... la esencia.... el sentimiento puro en su máxima potencia... lo absurdo que es quererte sin que me importe que tú me quieras.
Mil amantes... y cuando llego a casa tu sigues aquí, cada vez más difusa, cada vez con menos rostro, cada vez siendo más sombra, cada vez en un pliegue distinto de mi sabana... sin abandonarme... entonces cierro los ojos y siento tu aliento en mi nuca, como si todos los caminos fueran a Roma, como si todos los caminos me llevaran a ti.
[Lokura. Un corazón equilibrista]

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