Yo me amoldé a ellas y ellas, supongo, también a mí. Fui yo mismo con las tres, pero un distinto yo con cada una. El amor es soluble, polimórfico. Nadie teme perder su propia personalidad: la compartes, la regalas. Te disfrazas de esponja. Sin embargo, hay algo en mi interior que no varía: tarde o temprano acabo quemando ese amor con la chispa del siguiente. No puedo evitar querer vivir otras vidas, nuevas Beatrices, Rebecas, Paulas o estériles Estheres. No puedo evitar creer que aún no me conozco porque aún me quedan mujeres, matices, matrices, vientres por conocer.
Ahora no tengo a Ana, ni a Elena, ni a Marta. Las tres comparten sus nuevas vidas con nuevos amores únicos, todos lo son. Y las tres serán tan felices como lo fui yo con ellas, con las tres. Una felicidad distinta, no hay dos iguales.

No hay comentarios:
Publicar un comentario